
Todo era mentira. Las sonrisas, los abrazos, las bromas…
- El tiempo me ha hecho desconfiado. No en el cuerpo a cuerpo, en quedar con una persona por ejemplo, sino en los asuntos de larga duración, en las profundidades del alma humana.
Y cuando le decía ésto, veía sus ojos sin yo saber si me comprendía o escuchaba extrañada mis palabras, esperando a que me callase para poder ella irse definitivamente a su casa.
No tengo, no tengo esa “chispa”, ese hábito de tratar con las personas que me hace alguien interesante con quien estar. Demasiado tiempo solo, demasiado tiempo escuchándome a mí mismo. Soy torpe cuando trato con alguien externo. Qué demonios, también lo soy tratándome a mí mismo.
Me miraba. Ella se iba. Ya no la veríamos nunca más en nuestra vida. Habíamos convivido dos semanas y media. Él me miraba, quizás estuviese soltando el discurso que daba a cada alumno que encontraba, en cada ciudad que pisaba. Soltaba su “au revoir” cotidiano y continuaba conversando conmigo, como si nadie hubiese abandonado nuestras vidas para siempre. Igual haría conmigo después. Quizás sólo quería hablar con alguien, no importaba quién.
Y yo estaba sentado en el mismo lugar al que llevaba a todas las chicas. Quizás porque quería aparentar ser interesante. Quizás porque esperaba a quién reaccionaría de una forma especial. Pensarían ellas que improvisaba, que era curioso que le llevase a aquel lugar. Yo sabía en mi interior que estaba siguiendo, aproximadamente, la misma ruta que muestro a toda persona que conozco y que no me ofrecen alternativa a ese recorrido. Buscaba la sorpresa, la mía, o la suya, alguna. Sin embargo, nunca encontré.
Leía que en otras circunstancias ella sería mi chica. Quizás si hubiese perseverado en mi forma de ser. Quizás si no hubiese tenido tanta mala suerte con mis amistades, si no hubiese sido tan exigente y hubiese sido capaz de tratar a la gente con normalidad. Quizás si considerase mi propia dignidad, si me tuviese algún tipo de aprecio a mí mismo por algo. Pero claro… Cómo va a vender algo a alguien si el propio mercante está mostrando desprecio por su producto. Quizás si hubiese mostrado un interés espcecial. Quizás si hubiese sido capaz de pronunciar correctamente alguna oración completa. Quizás, quizás… Pero, no sé por qué, era ella. Y yo sabía que en mí nada reconocería. Demasiada mierda encima como para ver algo.
Me soprendió, he de admitirlo. Físicamente, me la había imaginado de una manera totalmente distinta. La había imaginado corpulenta, desenvuelta, con cierto grado de dejadez. Sin embargo era pequeñita, delicada, como un murmullo. Su belleza era como de porcelana. “Va a llevarse una decepción”, pensé instantes antes de pronunciar la primera palabra. Los silencios, los silencios… No hablaba yo porque empezaba a cansarme de mí mismo. “El mismo guión, una y otra vez, buscando no sé bien qué”. Ella callaba también. “Se arrepentirá de haber quedado conmigo”, pensaba mientras le sonreía mudo.
Y aquella mirada de los primeros días, se había convertido en una trampa. Me acerqué atraído por el calor que desprendían aquellos ojos fijados en mí acompañados por su sonrisa perenne. Sin embargo, aún no había hablado con ella. Y cuando hablé, empezó a cansarse, a rehuírme. “¿Tomamos algo a la salida de clase?” le pregunté quince veces y quince veces me dijo que no. Noté que el tiempo había hecho que los compañeros tomasen cierta distancia. Incluso el profesor. Me veía otra vez como un mendigo. Un paria. Mis gafas no eran más que un intento vulgar de ocultar un trasfondo simple, burdo y aburrido. No tardaron en darse cuenta.
“Y allá donde vayas, te acompañará esa peso que cargas en todas partes. Esa incapacidad para mantener una conversación interesante. Sobrepiensas. No eres más que un imitador, tú no eres un verdadero ser social. Estás condenado al aislamiento”.
Y cuando mierda me creía, me entregó el examen. “Très bien, S. Has obtenido la nota más alta de la clase. Además, nunca en mi carrera como profesor había puesto la nota máxima en la redacción pero a ti te la he dado, ni un solo error”. Y dudando por momentos, escupí un “merci” que aterrizó en un rostro neutro.
- Aunque a ti no te lo parezca, has estudiado, te has esforzado-
- Muy poco / Me contestaba a mí mismo.
- Has hecho una página web, has recogido enlaces… Podrías haber hecho más, claro, pero le has dedicado tiempo, no lo niegues. Siempre te esforzabas por hacer los deberes, aunque fuesen quince minutos para mirártelo.
- También ha sido suerte. Algunas respuestas no las sabía con seguridad.
- Sólo con suerte no consigues la máxima nota… Te has esforzado, aunque sólo haya sido un poco, algo es.
Y llegué a casa. ¿Cómo te ha ido el día? Bien. Y nada mencioné sobre el examen o la cena “final de curso”. Si digo algo, pensará que las cosas me van bien, que soy normal e incluso bueno. Pero no es verdad. Ya no tenía ganas de continuar creando una falsa imagen.
Comentarios recientes