Archivos para 15/07/08

Lunes – ¿Qué coño haces?

Como hablo con tan poquísima gente en estos días, tengo incontinencia escrituril que expreso en este blog. Que precisamente creé para eso, para desahogarme. Aunque las mentes agudas quizás ya se hayan dado cuenta que es la segunda parte de algo. Da igual, vamos al ¿Qué coño haces?.

¿Qué coño haces Don Juan? Que se pasa usted las horas delante de la pantalla del ordenador sin hacer nada en concreto. Don Juan, hombre de Dios, ¿es que no ve que ni habla, ni lee, ni juega ni ná? Hombre, Don Juan, ¿es que no se da cuenta que, cuando pone la televisión, no mira ni la pantalla? ¿Es que no ve que cuando come no tiene usted ni hambre? Don Juan, Don Juan, por Dios, ¿Pero qué coño hace usted? Porque hacer quehaceres tiene, eso no me lo podrá negar. Pero usted no. A usted le dan igual que le esperen mil quehaceres, que usted seguirá a la verita de su pecera, escuchando el murmullo del ventilador tal si fuese el murmullo de las gentes. Don Juan, Don Juan, por favor, hágame el favor y siéntese en esta silla que aquí le pongo. Siéntese, siéntese. Yo sé lo que le pasa, porque le conozco como si fuese usted mi hijo o yo misma. Lo que pasa es que tiene usted miedo de usted mismo. No, no me mire con esa cara extraña. Le hablo muy seriamente. Tiene miedo de que cuando comience a pensar en sus cosas donde no escuche murmullo, se sienta muy solo, una soledad tan fría que le helará. Teme ese dolor agudo, ese frío que le recorre cuando se ausenta de la pantalla. Del falso murmullo de gentes. Porque ver conectado su pecera a un router tranquiliza su pulso, lo sé. Porque saberse conectado al mundo le hace respirar adecuadamente. Pero Don Juan, escúcheme usted bien, cuando usted mira al mundo desde una pantalla, el mundo le da la espalda aunque no lo vea usted. Cuando usted da la espalda al mundo por unos minutos, o unas horas, entonces, al darse la vuelta, el mundo le espera. Porque Don Juan, el mundo admira a los que no temen darle la espalda y luego acaban volviendo. Pero, en cambio, el mundo desprecia a los que miran constantamente en busca de auxilio, a los mendigos. Don Juan, no me sea usted mendigo de buen vestido. Deje las pantallas, los puntos infinitos, los techos y los tiempos muertos. ¿Me hará usted ese favor? Ande, vaya.

Problemas siempre habrán, empezando por nosotros. Unos esperan pasivos a que alguien los resuelva por ellos -que cada vez aparece menos- y hay quienes intentan resolverlos por sí mismos. Lo que está claro es que alguien tiene que resolverlo, ¿por qué esperar? ¿por qué depender de los demás siempre? El mundo empezará a cambiar por la inciativa de uno, cualquiera puede ser ese uno.

Hasta mañana.

Lunes – Cuando no esperaba nada

Y ahora no soy otra cosa que un con man, un timador. Porque intento aparentar que soy amable, que estoy alegre, que me sobran los amigos, pero todo es falso. Cuando la gente se acerca de lejos, les resulto simpático. Pero a medida que me miran más de cerca, que ven mi rostro a pocos centímetros, aparecen las imperfecciones de los fotogramas, las motas de polvo, los tics nerviosos, los gestos extraños… Y empiezan a sospechar de mí, y se alejan, porque se dan cuenta de que soy una mierda o, al menos, que no soy trigo limpio.

Claro, yo observo estas idas y venidas con mi perenne sonrisa, porque si diese abiertamente coba a mi pena, me habría suicidado haría tiempo. Y supongo que quien lee esto piensa eso, que camino por el filo del suicido, pero no. No ahora. Porque hace unos meses lloraba mi pena con un bolígrafo por las playas y las calles del barrio gótico. Escribía que jamás nadie me querría de verdad, que jamás tocaría los labios de una mujer con los míos, que jamás follaría si no fuese pagando. De hecho, estaba tan convencido que me di un plazo de cinco años. Si a los 25 no había follado, dejaría el asunto en manos de una profesional. Como si yo fuese un enfermo que necesitase a una experta para que me quisiese unos minutos, aunque yo pagase por ello y no fuera más que un teatro. Pero estaba convencido de que no podía aspirar a más. Que el hecho de que yo siempre me hubiese considerado un romántico no era más que una ironía del destino, una burla, porque no podría demostrar mi amor más que a putas. Y claro, quizás cuando llegase el momento me echaría para atrás. Me convencería de que tener que pagar para sentirme amado era una contradicción en sí mismo. Que aquello no era más que una falsedad. Que mi polla ya se habría acostumbrado a mi mano, y que allí sólo buscaría que me diesen unos besos en el cuello. Pero sólo imaginar la situación resultaba todo tan cómico, tan falso, tan lejos de mis aspiraciones, que, símplemente, nunca vería a una puta, nunca besaría, ni follaría y, por supuesto, sería amado. Y así me fui resignando según pasaban los años. La vida se burlaba de mí y ese terreno siempre me estaría vedado. Jamás.

Pensando así me fui a Madrid. Allí mi vida, mis predicciones dieron un tumbo. Porque, por primera vez en mi vida, me amaron, y amé, me besaron, y besé, me follaron, y follé. Todo fue en una vez y duró sitete días. Siete días, sí. Cuando volví, todo acabó. No sé si acabó porque yo no supe responder bien o porque, en parte, me utilizaron. No lo sé, de verdad. Pero no me importa. La cuestión es que todas aquellas ideas que tenía sobre mi propia vida se fueron al garete. Que pasase lo que pasase a lo largo de mi vida, yo me iría a la tumba con la tranquilidad de que fui amado, besé y follé. Aunque sólo fuese una vez, aunque fuese un instante, pero fue. Y eso mucho más de lo que yo esperaba, porque yo no esperaba nada. Por eso, no camino por el filo del suicidio. Porque lo que durante mucho me preocupó, si la vida se burlaba de mí prohibiéndome caminar por los cielos, desapareció. No se burla de ti, S.

Y así, cuando ella me dejó, o yo la dejé, o nos dejamos, no había nadie a mi lado, absolutamente nadie. Parecía que aquellos días en Madrid mataron a lo que yo era antes. Llevándose a mis “amigos”, mis conocidos e, incluso, una buena parte de mí. Pero yo sabía, sé, que no me siento solo de la misma forma que antes. Porque antes pensaba que nadie podría amarme nunca. Ahora sé que, aunque en esto momento no haya nadie cerca, me han amado y, quizás, puedan amarme otra vez. Durante mucho tiempo había creído que moriría sin saborear otra lengua que no fuese la mía.


Recuerda:
Vivir es un arte, el más grande de todos.


Me hago responsable de la basura aquí contenida.

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-Maldita razón que no me deja vivir.

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