Como hablo con tan poquísima gente en estos días, tengo incontinencia escrituril que expreso en este blog. Que precisamente creé para eso, para desahogarme. Aunque las mentes agudas quizás ya se hayan dado cuenta que es la segunda parte de algo. Da igual, vamos al ¿Qué coño haces?.
¿Qué coño haces Don Juan? Que se pasa usted las horas delante de la pantalla del ordenador sin hacer nada en concreto. Don Juan, hombre de Dios, ¿es que no ve que ni habla, ni lee, ni juega ni ná? Hombre, Don Juan, ¿es que no se da cuenta que, cuando pone la televisión, no mira ni la pantalla? ¿Es que no ve que cuando come no tiene usted ni hambre? Don Juan, Don Juan, por Dios, ¿Pero qué coño hace usted? Porque hacer quehaceres tiene, eso no me lo podrá negar. Pero usted no. A usted le dan igual que le esperen mil quehaceres, que usted seguirá a la verita de su pecera, escuchando el murmullo del ventilador tal si fuese el murmullo de las gentes. Don Juan, Don Juan, por favor, hágame el favor y siéntese en esta silla que aquí le pongo. Siéntese, siéntese. Yo sé lo que le pasa, porque le conozco como si fuese usted mi hijo o yo misma. Lo que pasa es que tiene usted miedo de usted mismo. No, no me mire con esa cara extraña. Le hablo muy seriamente. Tiene miedo de que cuando comience a pensar en sus cosas donde no escuche murmullo, se sienta muy solo, una soledad tan fría que le helará. Teme ese dolor agudo, ese frío que le recorre cuando se ausenta de la pantalla. Del falso murmullo de gentes. Porque ver conectado su pecera a un router tranquiliza su pulso, lo sé. Porque saberse conectado al mundo le hace respirar adecuadamente. Pero Don Juan, escúcheme usted bien, cuando usted mira al mundo desde una pantalla, el mundo le da la espalda aunque no lo vea usted. Cuando usted da la espalda al mundo por unos minutos, o unas horas, entonces, al darse la vuelta, el mundo le espera. Porque Don Juan, el mundo admira a los que no temen darle la espalda y luego acaban volviendo. Pero, en cambio, el mundo desprecia a los que miran constantamente en busca de auxilio, a los mendigos. Don Juan, no me sea usted mendigo de buen vestido. Deje las pantallas, los puntos infinitos, los techos y los tiempos muertos. ¿Me hará usted ese favor? Ande, vaya.
Problemas siempre habrán, empezando por nosotros. Unos esperan pasivos a que alguien los resuelva por ellos -que cada vez aparece menos- y hay quienes intentan resolverlos por sí mismos. Lo que está claro es que alguien tiene que resolverlo, ¿por qué esperar? ¿por qué depender de los demás siempre? El mundo empezará a cambiar por la inciativa de uno, cualquiera puede ser ese uno.

Hasta mañana.
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