Nunca jamás me habían cerrrado tantas puertas ante mis narices en tan poco tiempo, tan repentinamente. Así, de un portazo, “¡¡plaff!!”", una tras otra. Las primeras me derrumbaron. “¿Por qué?” y la última sílaba se solapaba con el ruido de la madera al chocar con el marco. Ni siquiera podía expresar lo que sentía, lo que ocurría. El estruendo no me dejaba escuchar mi propia voz. “¡¿Por qué?!” y no encontraba más que un silencio helador, agudo. Con las siguientes comencé a sentir una apática indiferencia. “El destino lo ha querido así”, me decía a mí mismo, tratándome de consolar con fantasías de segunda mano. Pero los portazos continuaban viniendo en desbandada. Por delante, por detrás… Por todas partes. Continuaba yo caminado por aquel pasillo infinito. Unas no abrían siquiera, esas no daban portazo. Otras, símplemente, se preveían imposibles y ni lo intentaba. Esas tampoco ensordecían al cerrarse de un golpe, no es posible si no se abren al menos un poco. Habían algunas que había dejado abiertas cuando me fui. Al volver, las vi cerrarse de lejos, como por el viento. Y así, empecé a correr sobre mi indiferencia. A correr rápido. Unas veces lanzaba directamente mi cuerpo sobre una de ellas y parecía abrirse un poco para luego cerrarse con aún más fuerza. Otras, abrían súbitamente y caía dentro por unos instantes. Algunas incluso lastimaban mi hombro, lo dislocaban cuando me lanzaba con todas mis energia sobre ellas y no eran más que un muro. Paré un momento. Allá atrás, allá donde una vez estuve, todo era oscuridad, vacío, solitud. Mi pasado no era más que un recuerdo en mi memoria, tan solo eso. Incrédulo, caminé por donde reí a carcajadas con los vecinos de aquel rellano. No había nadie, parecía un lugar abandonado. Mi pasado era como una casa abandonado, donde sólo es posible encontrar entre los escombros restos de otro mundo que ya no nos pertenece. Elevé mi cabeza, miré al techo y vi escrito sobre él un mensaje que dejé a mí mismo desde aquel pasado inconexo. “Todo es efímero”, se entreveía tras una capa de polvo. Sonreí, como quien sonríe a un alma gemela que acaba de encontrar en la parada de autobús, embobado mientras miraba aquel mensaje en el techo de una casa abandonada. “Todo es efímero”, me repetí en un susurro, comenzando a caminar sin perder de vista aquel punto allá arriba.
Volví a correr sobre mi apatía, sobre mi tristeza, sobre mi desconcierto, sobre mi agonía. Comencé a correr sobre todo. Otra vez lanzándome sobre las puertas. Otra vez intentando abrirlas con delicadeza. Otra vez cantando frente a ellas. Un milímetro, algunas abrían tan solo un milímetro y “¡¡pum!!”, portazo en mis narices. Y sonreía, sonreía como mi profesor de francés cada vez que se le caía el boli o tropezaba. Sonreía, porque mientras oyese el portazo, mientras llegase ruido a mis oidos, estaría vivo, estaría viviendo, estaría moviendo piezas del puzzle cósmico. Encajasen o no, es lo que menos importa. De hecho, el éxito que para los humanos es abrir una puerta, entrar y quedarse unos años, es sólo éxito para los humanos. Para cualquier otro observador, el éxito no es que la puerta se abra sino la sola posibilidad de golpearlas. Y para mí, ¿qué es para mí? No sé bien, pero aunque sólo sea por incordiar, por abrir un poco y recibir portazo, por saber que me muevo, y que cada vez que me muevo, el aire ha de apartarse, que hablo, y que cuando hablo me responden con desaire o con una sonrisa. Una vez es sonrisa, otra un rostro arrogante. Pero es. Y mientras ellos son, yo sigo jugando en mi pasillo.
Y comienzas a pensar, a observar, a ver que algunas puertas abren más que otras, o que lo hacen de una forma distinta. Pongo allí mi pie, como evitando el inevitable portazo. Escucho detenidamente con mi oreja apoyada sobre la superficie ¿qué hay detrás? ¡Pum! Otro portazo. Pero ya no me quedo igual. Ya no recibo el rechazo como si todos fuesen iguales. Hay rechazo y hay rechazos. ¿Son un acierto? No, son más colores en este juego, más variables. Y quizás nunca vea abrirse ninguna puerta del todo, o quizás sí. Pero qué más da. Porque soy yo el que se divierte, porque no interpreto ningún papel para colarme en ningún sitio. Soy yo el que se ríe a carcajadas después de dislocarme el hombro. Porque sufro, porque sangro, y mientras sangro, respiro, y mientras respiro, vivo.

Comentarios recientes