El señor del sombrero oscuro estaba de pie en mitad del pasillo del tren. Se había dado cuenta de un suceso extraño. En ocasiones, cuando miraba a sus pies, veía que su cuerpo retrocedía. Veía sus pies y todo él desplazarse ligeramente hacia atrás y el suelo del tren, los asientos, los viajeros y la carrocería avanzar. Al principio del viaje, era uno largo, había observado que ocurría muy de vez en cuando. Sin embargo, ahora, era más habitual. Tenía miedo a comentárselo a alguien porque temía que le considerasen loco.
En el vagón restaurante, hablaba apoyado en la barra sobre negocios con un caballero de Madrid que había conocido no hacía más de una hora. Estaban ambos muy interesados en la conversación que mantenían. Pero el del sombrero notó que su codo se estaba separando del del madrileño. Volvió a pensar que sería tan solo una fantasía suya. Sólo en su mente estaba ocurriendo aquello pero sus cuerpos ya se habían distanciado medio metro. El madrileño que hasta el momento había estado concentrado en la copa que tenía en su mano, al mirar al del sombrero no pudo evitar un sobresalto.
- Pero oiga, por favor, ¿Por qué se aleja usted de mí? ¿No le resulta agradable mi compañía?
El del sombrero descubría que aquello que le sucedía no era sólo en su mente.
- ¡Así que usted también lo ve!
- ¿Que veo el qué, señor?
- ¿Que me muevo en este tren?
- Naturalmente, como todo el mundo que va subido a un tren.
- No, no me entiende usted. Que me muevo respecto al tren. Como ahora mismo, yo no he hecho nada para distanciarme de usted en esta barra.
- Disculpe pero no le entiendo.
- Verá, desde que subí al tren, he notado que me muevo sobre la superficie del tren sin yo hacer nada. Suele ser en la dirección opuesta a la que se dirige la locomotora. Como ahora mismo. El tren va hacia el norte y yo me desplazo hacia el sur.
- ¿Habla usted seriamente?
- Nunca he hablado tan en serio, aunque por momentos he creído que perdía la cabeza.
Y el del sombre se situó en el centro del vagón restaurante.
- Observe bien mi pie y vea como se mueve respecto al suelo.
Esperó el del sombrero unos segundos hasta que su zapato comenzó a desplazarse por la superficie del vagón.
- ¡Mil demonios! Le juro por Dios que en mi vida había visto cosa semejante / Exclamó sobresaltado el madrileño.
- Si ya le decía yo, señor, y cada vez retrocedo más deprisa y más distancia.
- ¿Pero no tiene idea de a qué puede deberse lo que le sucede?
- Algo sospecho, en verdad.
- Cuénteme entonces, que me tiene en ascuas.
- Creo que he dejado de tomarme en serio el tren, el viaje y todo. Ahora el tren quiere vengarse y poco a poco me va expulsando sutilmente. Hasta que un día me tire por la ventana o acabe saliendo disparado por la puerta trasera del último vagón.
- ¿Cree usted que es cosa del tren? ¿Qué el tren piensa y actúa?
- Así lo creo señor.
- Bien, bien… Es una cosa bien extraña. Ahora no sé si yo también estaré perdiendo la cabeza. Quizás hayamos bebido demasiado. ¿Y ha probado usted a caminar en el sentido del tren para compensar ese desplazamiento?
- En algunos momentos, era inevitable.
- Sí, pero me refiero continuamente. Sin pausa excepto la necesaria para dormir y descansar.
- Mucho me temo que eso resultaría agotador.
- Quizás el tren, cuando vea que le sigue, deje de vengarse de esa forma.
- No creo que pueda hacerlo solo.
- Si quiere, puede hacerlo cerca de mi asiento. Así yo podré vigilarle por si veo que en algún momento abandona su cometido.
- Sería muy amable por su parte.
El de Madrid fue a su asiento y el del sombre se situó a pocos metros. El primero observaba al segundo y cuando éste veía que se había desplazado medio metro hacia atrás avanzaba uno entero hacia delante. Cada vez que lo hacía, el de Madrid le entregaba una sonrisa de felicitación.
- Es muy importante que tenga usted siempre en mente el destino al que se dirije. Si lo tiene en su mente cuando se aleja de él, con más fuerzas compensará ese retraso.
- Pero yo tengo muy mala memoria.
- Entonces esfuércese por mantener en ella lo realmente importante. Cuando vea que se ha desplazado mucho, piense bien qué ha olvidado y, si no lo sabe, quizás es que se haya equivocado de tren.
- ¿Y si ocurre eso?
- Fácil. Bájese en la siguiente estación y coja el suyo. Usted siempre tiene que moverse con alguno, si es que aprecia la vida. Pero ha de encontrar el suyo propio.
- ¿Y si no sé cual es el mío?
- Pues vaya probando hasta encontrarlo. En realidad, todos se dirigen al mismo sitio. Cambia el trayecto pero el destino es el mismo.
- En verdad, he notado que cuanto más pienso sobre la importancia que tiene estar en este tren más me desplazo. Mientras más seriedad le concedo, más me retraso.
- Se pone usted nervioso y olvida todo, como en un examen en nuestros años de juventud. Y cuando olvida, el tren le abandona.
- Pero aún no he entendido bien qué es exactamente lo que tengo que tener en mente.
- Como el ajedrez, mantenga en mente el tablero, las piezas y su posición. Sepa usted que es un juego y que tiene que dar jaque al rey. Que acabe usted en tablas, pierda o gane tiene importancia relativa, ya que acabará en la caja con el resto de piezas, desde el peón hasta la reina. Recuerde bien y si se sigue retrasando, sabrá que tendrá que cambiar de tren, de estrategia. Si incluso se avanza al tren, entonces disfrute del trayecto hasta que el cronómetro dicte un ganador.
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