Ambos se encontraban ante un gran lienzo blanco. Él hablaba desde las alturas de la experiencia, de toda una vida a su espalda. Su voz rota como la madera vieja resonaba por toda la habitación.
El niño de unos pocos años acudió intrigado a la llamada de su abuelo. Junto a él observaba esa gran tela blanca que el maestro le enseñaba.
- Mírala bien. Ésta es tu vida, la que aún te espera. Un lienzo blanco sobre el que pintarás a cada instante. Cada vez que inspires, un trazo. Cada vez que expires, otro más. No dejarás de pintar, mal te pese. Incluso cuando creas haber perdido a tu musa. Llegarás entonces a pintar en blanco, nunca cesarás en tu actividad, ni siquiera cuando te vendes los ojos. El pincel siempre sobre el lienzo. Cada instante será oportunidad para un trazo magistral o para un borrón. Cada uno.
- ¿Y al final, abuelo?
- ¿Al final? Mirarás el cuadro definitivo unos segundos y te marcharás de la habitación.
- ¿Para qué entonces?
- ¡¡Para pintar, para crear!!

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