Archivos para la Categoría 'Uncategorized'

Lunes – Vivir es un arte

Ambos se encontraban ante un gran lienzo blanco. Él hablaba desde las alturas de la experiencia, de toda una vida a su espalda. Su voz rota como la madera vieja resonaba por toda la habitación.

El niño de unos pocos años acudió intrigado a la llamada de su abuelo. Junto a él observaba esa gran tela blanca que el maestro le enseñaba.

- Mírala bien. Ésta es tu vida, la que aún te espera. Un lienzo blanco sobre el que pintarás a cada instante. Cada vez que inspires, un trazo. Cada vez que expires, otro más. No dejarás de pintar, mal te pese. Incluso cuando creas haber perdido a tu musa. Llegarás entonces a pintar en blanco, nunca cesarás en tu actividad, ni siquiera cuando te vendes los ojos. El pincel siempre sobre el lienzo. Cada instante será oportunidad para un trazo magistral o para un borrón. Cada uno.

- ¿Y al final, abuelo?

- ¿Al final? Mirarás el cuadro definitivo unos segundos y te marcharás de la habitación.

- ¿Para qué entonces?

- ¡¡Para pintar, para crear!!

Lunes – Vulgaridad


Vulgaridad:

Vulgaridad es caminar por casa en zapatillas sin que importen los pasos. Escuchar el martilleante ruido de la suela al chocar con el suelo. Es levantarse semidesnudo y permanecer así si nada obliga a salir a la calle.

Vulgaridad es pensar y hablar despreocupadamente. Recurrir a lugares comunes o frases hechas. No querer vocalizar. No preocuparse por hacer uso de las palabras más adecuadas. No pensar en la reacción que podrán causar en la persona que las reciba.

Vulgaridad es llegar a casa y sentarse en la primera silla. Abandonar el correo comercial en la primera superficia al alcance. Permitir crecer el desorden en cualquier parte. En la mesa del comedor, en la mesita de noche, en la cama sin usar…

Vulgaridad es matar el tiempo. Dedicar aquellas horas que no son de pan a lo que menos esfuerzo requiera. Sea ver televisión, sea naufragar en la red cuando el alimento de alma hace tiempo que espera en la estantería o en la biblioteca.

Vulgaridad es que no importe a la hora que el Sol nazca o muera en el horizonte sino el reloj del apetito aleatorio por la vida. Tanto da que sean las cuatro de la mañana y levantarse a las doce. Huyendo incluso de acostarse por miedo a morir derrotado y renacer al midi del día siguiente en un campo de batalla desolado.

Vulgaridad es comer sin importar la hora y sin importar el qué. La regla es lo más rápido, lo más apetitoso. Terminar la ingesta y dejar caer el cuerpo sobre algún rincón que apacigüe el resquemor.

Vulgaridad es preocuparse más de la nómina, de otros, que la imagen ante nosotros. Centrar la atención en punto ajeno antes que en el alma propia.

Es descuidar el detalle, la sutileza. Es sacrificar la identidad genuina. Es despreciar la belleza. Es odiar la vida extrema. Es refugiarse en pensamientos robados por esconder lagunas de ideario. Es apreciar más un segundo de apatía que cien de gloria. Vulgaridad es traición.

Vivir es un arte.

Lunes – Broken door

Sabes que no te queda otro remedio que el de dar una patada a la puerta y tirarla abajo. Dolerá y causará conmoción. Pero al fin serás libre.

Domingo – Deus ex machina

Camarón – Nana del caballo grande

- Me cago en tu putísima madre, S.
Me decía a mí mismo constantemente cuando, como cada día, salía muy tarde de casa. Me apetecía ir a clase pedaleando tranquilo, disfrutando del trayecto… Pero no, tendría otra vez que forzar mis piernas, saltarme los semáforos, arriesgar mi vida en varios cruces y todo ello a sabiendas de que igualmente llegaría algunos minutos tarde. Había perdido horas completas durante toda la mañana pero no había sido capaz de salir tan solo diez minutos antes.
- Me cago en tu putísima madre, me cago en… # Pronunciaba mentalmente enfurecido con la vida a la que yo mismo me aboco.
**
Estaba ante mi espejo. Ayer me acosté a las cinco de la mañana. No podía irme a la cama. No hacía nada a cambio tampoco. Me metí en el IRC a las tres, sabiendo que buscaba la aguja del pajar. La eterna. La que ciega mi camino. “No serás tú, me decía antes siquiera de escribir la primera palabra”, hastiado de un rastreo permanente que anticipo fracaso vital. Como las horas en la noche, sufrí las del día. Esperando como si yo no fuese más que sombra. Como si mi vida ya fuese una ruina inevitable. Aguardo a que Dios me entregue una nueva vida con la que comenzar otra vez, desde la que no ver nunca jamás esta vulgar faz.

Muerto en vida estaba ante mi espejo. Otra vez, como tantas otros días perjurándome que ésta sería la última, que ésto ya se acababa aquí. Y aquí otra vez me encontraba, igual que siempre. “¿Pero qué puedo hacer yo?” Me interrogaba no desesperado, ya aceptaba la fatalidad, sino curioso como matemático ante un problema lógico a resolver. “Símplemente, parezco haber perdido la estructura que otrora me sostenía y ahora no soy más que musculatura, potencial, sin un esqueleto que le sostenga. ¿Dónde fueron a parar esos huesos que ya no están?”.

El ruido de las zapatillas tras el caminar perezoso, escasas telas cubriendo el cuerpo, los pensamientos ligeros, la vocalización tosca, las palabras comodín, las actividades livianas, el desorden omnipresente, la mediocridad rezumante… “¿Dónde estamos?” Parezco preguntar a las paredes cuando despierto aturdido cada mañana. “Soy una mierda que vive en la mierda”, me respondo. Y me levanto por hacer algo, esperando a mi deus ex machina.

- Tienes todas las oportunidades del mundo, las posibilidades, los medios. Te falta sólo una cosa, pequeña pero fundamental.
- ¿Qué?
- Amarte. Saber que mereces lo que consigas con tu esfuerzo. Si crees lo contrario, nunca te merecerá nada de lo que hagas.
- ¿Cómo voy a amarme si todas las manos que acaricio acaban desapareciendo? ¿Cómo si cuando parezco tener unos gramos de autoestima éstas parecen huir aún más rápido? ¿Cómo si cuando algo parece arreglarse dos vuelven a estropearse? Es como si Dios me despreciase inconscientemente. Todo lo que consiga no será más que un espejismo. Ésa ha sido la lección de mi vida.

Sábado (madrugada) – Observando

Hay momentos en los que se vive y hay momentos en los que se escribe.

Eso fue lo que pensé en el metro mientras observaba a dos chicas muy jóvenes (tanto que, si no fuese por el maquillaje, les llamaría directamente niñas). Piercing sobre el labio superior. Contorno de ojos negro. Pantalones claros muy ajustados. Piel morena. Escote. Móvil en mano con alguna cinta/muñeco/objeto colgando de él.

“Seguro que en este momento estarán hablando sobre algún novio o tema amoroso”, pensé. Y justo al terminar la frase me di cuenta de que mis pensamientos de estos últimos días no distaban mucho de las preocupaciones imaginadas de aquellas niñas. Observé un poco más lejos. Una pareja, entre treinta y cuarenta años. Ella llevaba un pantalón oscuro. Él camisa de vestir. Ningún piercing ni móvil con objetos colgantes. Sin embargo, se abrazaban de una forma parecida a como las quinceañeras lo harían en una discoteca con el primer garrulo que encontrasen. Recordé entonces como una niña de esa edad me ronda desde hace un tiempo. Le debo una cita que hace tiempo que me pide. Es guapa, inteligente, culta y le gusto. ¿Problema? Cuando escribe hace faltas y tuve que explicarle que era un cassette. Pero mucho me temo que los besos que con ella podría compartir no entienden de ortografía ni tecnología. Ningún beso.

Mientras esperaba el metro observaba a otra pareja. Él la abrazaba unos instantes, le acariciaba, miraba a los ojos y sonreía. Vinieron a mí entonces destellos de recuerdos creados semanas atrás. En una cadencia de mi mente llegué a sentirme ridículo. “No puedo creer que alguien me mirase hace unos días como yo miro ahora a este chico”. Pero recuerdo bien los ojos voyeurs mientras nos abrazábamos.

- Si es que en el fondo eres muy inmaduro. Un niño con cuerpo de hombre joven.
- ¿Sólo yo o todos? Podríamos ser todos unos púberes, que lo único que diferenciaría a los “mayores” son los grises de las ropas, conversaciones de cortejo que versan sobre arte o experiencias y la desconfianza que producen los años. En definitiva, un disfraz para acabar sobando a la pava como un quinceañero.
- Tú no abrazas a nadie ahora.
- Hay momentos en los que se vive y hay momentos en los que se escribe.

Sábado – Lo que tú eres


- Lo importante no es dónde vayas sino qué vas a hacer allí.

- A mí es que no me gustan las discotecas. Cuando voy allí los tíos se me acercan para ligar y a mí no me interesa ese tipo de gente que no tienen nada.
Cuando me decía esto pensaba “¿Y yo tengo algo ahora?”.

Fueron dos frases que cuando las escuché resultaron ser un golpe de viento en un instante, al que dejé pasar momentos después. Sin embargo, vuelven a mí mente, como uno de esos eternos dilemas que al caminar por la calle pensando en tus cosas aparecen por sopresa. Otra vez y otra vez no tengo clara la respuesta.

- ¿Por qué te fuiste?
- Porque no tenía ni puta idea de cual era mi lugar en el mundo. Pensaba que si continuaba perseverando moriría marginado en completa soledad. Aislado del mundo, despreciado incluso por él.
- Sin embargo, había una realidad que te esperaba. Una a la que ahora no puedes acceder. De hecho, no puedes acceder ya a ninguna porque no eres nada en concreto. Tu llave parece entrar en todas las cerraduras pero no acaba de girar en ninguna.
- Supongo que también tenía la obligación saber que podía romper mi propio molde. Que podía ir más allá. Pensar de otra forma, actuar de manera distinta.
- No lo conseguiste.
- No es verdad. No tuve éxito en mi viaje pero me convertí en otra cosa. Fracasé pero empecé a adoptar otros hábitos, otra personalidad. Todo para saber que aquello no era lo que yo quería ser.
- ¿Y ahora?
- Ahora he de volver a buscar mi hogar en alguna parte. Quizás a medio camino de donde vengo y donde fui. Quizás más cerca del primero que del segundo, pero diferente del punto de partida.
- Pero, ¿no es como comenzar de nuevo? ¿No es ya demasiado tarde para adoptar otra personalidad, otros hábitos, otra vida?
- Si es para encontrar el refugio donde sentarme con la tranquilidad de estar en mi sitio, nunca puede ser demasiado tarde.

- Al principio, cuando pensaba como tú, iba a las discotecas buscando ser uno más, adaptarme al mundo. Sin embargo, ahora, cuando alguna vez voy, lo hago con un objetivo distinto. Es más un asunto de curiosidad, ver que puedo encontrar, hasta donde puedo llegar, para poder luego escribir y reflexionar sobre ello.

Lo que no te dije es que silenciosamente sabía que también estaba buscando mi lugar en el mundo. Si no era aquel, me burlaría. Si alguien me sonreía cómplice, lo abrazaría. Yo era veleta. Ahora es el momento de apuntar a mi lugar.

Dance with me – Nouvelle Vague

Let’s dance little stranger
Show me secret sins
Love can be like bondage
Seduce me once again

Burning like an angel
Who has heaven in reprieve
Burning like the voodoo man
With devils on his sleeve

Won’t you dance with me
In my world of fantasy
Won’t you dance with me
Ritual fertility

Like an apparition
You don’t seem real at all
Like a premonition
Of curses on my soul

The way I want to love you
Well it could be against the law
I’ve seen you in a thousand minds
You’ve made the angels fall

Won’t you dance with me
In my world of fantasy
Won’t you dance with me
Ritual fertility

Come on little stranger
There’s only one last dance
Soon the music’s over
Let’s give it one more chance

Won’t you dance with me
In my world of fantasy
Won’t you dance with me
Ritual fertility

Take a chance with me
In my world of fantasy
Won’t you dance with me
Ritual fertility

Martes – Nuevas reglas

Inevitablemente se han de hacer sacrificios menores en beneficio de objetivos mayores:
-No televisión (radio permitida)
-No Internet (excepciones: Mail, BOE, universidad, estudio y MSN muy controlado).

Martes – Imperfecto

Sentado ante mi ordenador, alguien me decía silenciosamente a través de una ventana de messenger:
- Te creía asexual y lo que me cuentas te hace un poco más humano, imperfecto, impuro. Te has dejado guiar por el amor y por el sexo.

Una persona distinta, la que me hizo mostrarme humano, me decía esta vez por teléfono:
- Hablabas de pureza y sin embargo me ocultabas una parte de ti a la que otras personas sí que han tenido acceso. Además te enfadaste con cierto odio… Y me di cuenta de que eras imperfecto.

Hoy, alguien diferente a los anteriores que días atrás me miraba con ojos totalmente distintos, decía con cierta sinceridad vestida de ironía:
- Eres un poco prepotente. Creído.

La del teléfono, me dijo:
- Es que yo te veo un poco pretencioso.

Recibía esos puños acomodados por el guante que suponía el “poco” y el cariño que tras esas palabras intuía. No podía obviarlos. Los primeros descubrieron mi humanidad, mi imperfección. A menudo he confundido a los demás con una imagen de mí fabricada en mi razón pura que poco tiene que ver con mi yo real, producido en partes diferentes y extremas de mi cuerpo. Desde mi polla hasta mi cabeza. Y esa soberbia que algunos objetaban provenía de esas mismas fábricas, de mi yo natural opuesto al ficticio que predica la humildad. No podía negarla, porque yo incluso he sentido conscientemente esa prepotencia sin poder evitarla. Una soberbia que no era fruto más que de la desconfianza que he ido cosechando durante estos años y la inseguridad en mí mismo por un rechazo que yo creo producir en ciertas personas. Soberbia. Si los demás te dan la espalda, no cuesta nada creerse cualquier cosa respecto a ellos. Nadie mira para juzgar tu mentira. Pero una vez están cerca, te los encuentras frente a frente, te hablan… Ya no puedes crear mierda sin mancharse uno mismo. La frase ronda: Uno recoge lo que siembra. Además, siempre hay una especie de impuesto, por lo que quien siembra poco, recoge nada. Quien siembra mal, o nada, empeora aún más. Y quien siembra bien, queda igualmente con balance positivo. Si siembras mierda, recoges aún más mierda.

Martes – Mundo gira

El señor del sombrero oscuro estaba de pie en mitad del pasillo del tren. Se había dado cuenta de un suceso extraño. En ocasiones, cuando miraba a sus pies, veía que su cuerpo retrocedía. Veía sus pies y todo él desplazarse ligeramente hacia atrás y el suelo del tren, los asientos, los viajeros y la carrocería avanzar. Al principio del viaje, era uno largo, había observado que ocurría muy de vez en cuando. Sin embargo, ahora, era más habitual. Tenía miedo a comentárselo a alguien porque temía que le considerasen loco.

En el vagón restaurante, hablaba apoyado en la barra sobre negocios con un caballero de Madrid que había conocido no hacía más de una hora. Estaban ambos muy interesados en la conversación que mantenían. Pero el del sombrero notó que su codo se estaba separando del del madrileño. Volvió a pensar que sería tan solo una fantasía suya. Sólo en su mente estaba ocurriendo aquello pero sus cuerpos ya se habían distanciado medio metro. El madrileño que hasta el momento había estado concentrado en la copa que tenía en su mano, al mirar al del sombrero no pudo evitar un sobresalto.
- Pero oiga, por favor, ¿Por qué se aleja usted de mí? ¿No le resulta agradable mi compañía?
El del sombrero descubría que aquello que le sucedía no era sólo en su mente.
- ¡Así que usted también lo ve!
- ¿Que veo el qué, señor?
- ¿Que me muevo en este tren?
- Naturalmente, como todo el mundo que va subido a un tren.
- No, no me entiende usted. Que me muevo respecto al tren. Como ahora mismo, yo no he hecho nada para distanciarme de usted en esta barra.
- Disculpe pero no le entiendo.
- Verá, desde que subí al tren, he notado que me muevo sobre la superficie del tren sin yo hacer nada. Suele ser en la dirección opuesta a la que se dirige la locomotora. Como ahora mismo. El tren va hacia el norte y yo me desplazo hacia el sur.
- ¿Habla usted seriamente?
- Nunca he hablado tan en serio, aunque por momentos he creído que perdía la cabeza.
Y el del sombre se situó en el centro del vagón restaurante.
- Observe bien mi pie y vea como se mueve respecto al suelo.
Esperó el del sombrero unos segundos hasta que su zapato comenzó a desplazarse por la superficie del vagón.
- ¡Mil demonios! Le juro por Dios que en mi vida había visto cosa semejante / Exclamó sobresaltado el madrileño.
- Si ya le decía yo, señor, y cada vez retrocedo más deprisa y más distancia.
- ¿Pero no tiene idea de a qué puede deberse lo que le sucede?
- Algo sospecho, en verdad.
- Cuénteme entonces, que me tiene en ascuas.
- Creo que he dejado de tomarme en serio el tren, el viaje y todo. Ahora el tren quiere vengarse y poco a poco me va expulsando sutilmente. Hasta que un día me tire por la ventana o acabe saliendo disparado por la puerta trasera del último vagón.
- ¿Cree usted que es cosa del tren? ¿Qué el tren piensa y actúa?
- Así lo creo señor.
- Bien, bien… Es una cosa bien extraña. Ahora no sé si yo también estaré perdiendo la cabeza. Quizás hayamos bebido demasiado. ¿Y ha probado usted a caminar en el sentido del tren para compensar ese desplazamiento?
- En algunos momentos, era inevitable.
- Sí, pero me refiero continuamente. Sin pausa excepto la necesaria para dormir y descansar.
- Mucho me temo que eso resultaría agotador.
- Quizás el tren, cuando vea que le sigue, deje de vengarse de esa forma.
- No creo que pueda hacerlo solo.
- Si quiere, puede hacerlo cerca de mi asiento. Así yo podré vigilarle por si veo que en algún momento abandona su cometido.
- Sería muy amable por su parte.
El de Madrid fue a su asiento y el del sombre se situó a pocos metros. El primero observaba al segundo y cuando éste veía que se había desplazado medio metro hacia atrás avanzaba uno entero hacia delante. Cada vez que lo hacía, el de Madrid le entregaba una sonrisa de felicitación.
- Es muy importante que tenga usted siempre en mente el destino al que se dirije. Si lo tiene en su mente cuando se aleja de él, con más fuerzas compensará ese retraso.
- Pero yo tengo muy mala memoria.
- Entonces esfuércese por mantener en ella lo realmente importante. Cuando vea que se ha desplazado mucho, piense bien qué ha olvidado y, si no lo sabe, quizás es que se haya equivocado de tren.
- ¿Y si ocurre eso?
- Fácil. Bájese en la siguiente estación y coja el suyo. Usted siempre tiene que moverse con alguno, si es que aprecia la vida. Pero ha de encontrar el suyo propio.
- ¿Y si no sé cual es el mío?
- Pues vaya probando hasta encontrarlo. En realidad, todos se dirigen al mismo sitio. Cambia el trayecto pero el destino es el mismo.
- En verdad, he notado que cuanto más pienso sobre la importancia que tiene estar en este tren más me desplazo. Mientras más seriedad le concedo, más me retraso.
- Se pone usted nervioso y olvida todo, como en un examen en nuestros años de juventud. Y cuando olvida, el tren le abandona.
- Pero aún no he entendido bien qué es exactamente lo que tengo que tener en mente.
- Como el ajedrez, mantenga en mente el tablero, las piezas y su posición. Sepa usted que es un juego y que tiene que dar jaque al rey. Que acabe usted en tablas, pierda o gane tiene importancia relativa, ya que acabará en la caja con el resto de piezas, desde el peón hasta la reina. Recuerde bien y si se sigue retrasando, sabrá que tendrá que cambiar de tren, de estrategia. Si incluso se avanza al tren, entonces disfrute del trayecto hasta que el cronómetro dicte un ganador.

Miércoles – Viva el rechazo

Nunca jamás me habían cerrrado tantas puertas ante mis narices en tan poco tiempo, tan repentinamente. Así, de un portazo, “¡¡plaff!!”", una tras otra. Las primeras me derrumbaron. “¿Por qué?” y la última sílaba se solapaba con el ruido de la madera al chocar con el marco. Ni siquiera podía expresar lo que sentía, lo que ocurría. El estruendo no me dejaba escuchar mi propia voz. “¡¿Por qué?!” y no encontraba más que un silencio helador, agudo. Con las siguientes comencé a sentir una apática indiferencia. “El destino lo ha querido así”, me decía a mí mismo, tratándome de consolar con fantasías de segunda mano. Pero los portazos continuaban viniendo en desbandada. Por delante, por detrás… Por todas partes. Continuaba yo caminado por aquel pasillo infinito. Unas no abrían siquiera, esas no daban portazo. Otras, símplemente, se preveían imposibles y ni lo intentaba. Esas tampoco ensordecían al cerrarse de un golpe, no es posible si no se abren al menos un poco. Habían algunas que había dejado abiertas cuando me fui. Al volver, las vi cerrarse de lejos, como por el viento. Y así, empecé a correr sobre mi indiferencia. A correr rápido. Unas veces lanzaba directamente mi cuerpo sobre una de ellas y parecía abrirse un poco para luego cerrarse con aún más fuerza. Otras, abrían súbitamente y caía dentro por unos instantes. Algunas incluso lastimaban mi hombro, lo dislocaban cuando me lanzaba con todas mis energia sobre ellas y no eran más que un muro. Paré un momento. Allá atrás, allá donde una vez estuve, todo era oscuridad, vacío, solitud. Mi pasado no era más que un recuerdo en mi memoria, tan solo eso. Incrédulo, caminé por donde reí a carcajadas con los vecinos de aquel rellano. No había nadie, parecía un lugar abandonado. Mi pasado era como una casa abandonado, donde sólo es posible encontrar entre los escombros restos de otro mundo que ya no nos pertenece. Elevé mi cabeza, miré al techo y vi escrito sobre él un mensaje que dejé a mí mismo desde aquel pasado inconexo. “Todo es efímero”, se entreveía tras una capa de polvo. Sonreí, como quien sonríe a un alma gemela que acaba de encontrar en la parada de autobús, embobado mientras miraba aquel mensaje en el techo de una casa abandonada. “Todo es efímero”, me repetí en un susurro, comenzando a caminar sin perder de vista aquel punto allá arriba.

Volví a correr sobre mi apatía, sobre mi tristeza, sobre mi desconcierto, sobre mi agonía. Comencé a correr sobre todo. Otra vez lanzándome sobre las puertas. Otra vez intentando abrirlas con delicadeza. Otra vez cantando frente a ellas. Un milímetro, algunas abrían tan solo un milímetro y “¡¡pum!!”, portazo en mis narices. Y sonreía, sonreía como mi profesor de francés cada vez que se le caía el boli o tropezaba. Sonreía, porque mientras oyese el portazo, mientras llegase ruido a mis oidos, estaría vivo, estaría viviendo, estaría moviendo piezas del puzzle cósmico. Encajasen o no, es lo que menos importa. De hecho, el éxito que para los humanos es abrir una puerta, entrar y quedarse unos años, es sólo éxito para los humanos. Para cualquier otro observador, el éxito no es que la puerta se abra sino la sola posibilidad de golpearlas. Y para mí, ¿qué es para mí? No sé bien, pero aunque sólo sea por incordiar, por abrir un poco y recibir portazo, por saber que me muevo, y que cada vez que me muevo, el aire ha de apartarse, que hablo, y que cuando hablo me responden con desaire o con una sonrisa. Una vez es sonrisa, otra un rostro arrogante. Pero es. Y mientras ellos son, yo sigo jugando en mi pasillo.

Y comienzas a pensar, a observar, a ver que algunas puertas abren más que otras, o que lo hacen de una forma distinta. Pongo allí mi pie, como evitando el inevitable portazo. Escucho detenidamente con mi oreja apoyada sobre la superficie ¿qué hay detrás? ¡Pum! Otro portazo. Pero ya no me quedo igual. Ya no recibo el rechazo como si todos fuesen iguales. Hay rechazo y hay rechazos. ¿Son un acierto? No, son más colores en este juego, más variables. Y quizás nunca vea abrirse ninguna puerta del todo, o quizás sí. Pero qué más da. Porque soy yo el que se divierte, porque no interpreto ningún papel para colarme en ningún sitio. Soy yo el que se ríe a carcajadas después de dislocarme el hombro. Porque sufro, porque sangro, y mientras sangro, respiro, y mientras respiro, vivo.

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Recuerda:
Vivir es un arte, el más grande de todos.


Me hago responsable de la basura aquí contenida.

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